Editorial | Cuando el silencio fue cómplice y hoy quieren ser jueces

Editorial | Cuando el silencio fue cómplice y hoy quieren ser jueces

Hay escenas que rozan lo ridículo, pero en la política local ya casi nada sorprende. En estos días, como si se tratara de una resurrección perfectamente calculada, volvieron a aparecer periodistas y dirigentes que durante años eligieron el silencio cómodo mientras la realidad se deterioraba frente a sus narices.

No es casualidad. Es método.

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De repente, hablan. Pero hablan de lo que les conviene. No hablan de ciertos temas incómodos, no hablan de sus propios espacios ni de las decisiones que los involucran directamente. Practican una indignación selectiva que ya resulta demasiado evidente.

Y esa selectividad queda expuesta con ejemplos concretos. Hoy algunos se escandalizan por el viaje de Manuel Adorni con su pareja en un avión oficial, pero durante años evitaron decir una sola palabra sobre episodios mucho más graves vinculados a la gestión de Alberto Fernández: desde conductas cuestionadas en ámbitos oficiales hasta hechos como la conocida celebración en la Quinta de Olivos en plena cuarentena, cuando millones de argentinos cumplían restricciones estrictas.

Ahí no había indignación. Ahí no había editoriales encendidos. Ahí había silencio.

Mientras tanto, en Montecarlo el libreto es siempre el mismo: problemas que llevan más de una década acumulándose y un relato que intenta instalar que la culpa siempre es de otro. Voceros disfrazados de periodistas que hoy descubren irregularidades que antes ignoraban —o directamente justificaban—.

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La pregunta es inevitable: ¿dónde estaban cuando todo esto pasaba?

Callaban. Miraban para otro lado. Acompañaban. Y hoy pretenden pararse en un lugar de autoridad moral que no construyeron.

En Puerto Iguazú la maniobra es igual de burda. Se intenta responsabilizar al gobierno nacional, incluso al de Javier Milei, por el deterioro de barrios que arrastran décadas de abandono. Como si la historia pudiera borrarse con un discurso oportunista.

La realidad es otra: quienes gobernaron durante años, quienes administraron recursos y tomaron decisiones, son los mismos que hoy buscan despegarse del desastre que ayudaron a construir.

Pero si hay algo que resume este momento político es el nivel de improvisación y contradicción de algunos dirigentes.

El presidente del IMaC es, quizás, el ejemplo más claro. Su comportamiento político parece el de un chico de tres años: en una misma semana se pelea con todos. Primero con Harfiel, después con Núñez, y hasta con su propio espacio. Un día confronta, al siguiente baja el tono, y al final termina acomodándose según la conveniencia del momento.

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No es carácter. No es firmeza. Es oportunismo.

Es la política convertida en actuación: peleas sobreactuadas, posicionamientos efímeros y discursos que cambian según el escenario. Mucho ruido, poca coherencia.

Y mientras todo eso ocurre, los problemas reales siguen ahí. Sin resolverse. Sin prioridad. Sin respuestas.

Lo que estamos viendo no es un despertar cívico ni autocrítica. Es reciclaje político. Es la vieja política intentando sobrevivir con nuevas excusas.

Pero hay algo que no cambia: la memoria de la gente.

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Porque aunque algunos crean que pueden instalar cualquier relato, la sociedad sabe quién estuvo, quién calló y quién aparece solo cuando le conviene.

Y en política, como en la vida, todo llega.

La factura también.

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