Cristian, el abanderado de Andresito que estudia, trabaja y sueña con sacar a sus padres adelante

ANDRESITO. Tiene 17 años, cursa el último año de la secundaria y es abanderado del BOP 124 de Comandante Andresito. En su casa arregla celulares para generar unos pesos y durante las vacaciones acompaña a sus padres en la cosecha de yerba. Pero detrás de ese esfuerzo hay un sueño mucho más grande: que su papá y su mamá puedan dejar de trabajar y vivir tranquilos.

Cristian, el abanderado de Andresito que estudia, trabaja y sueña con sacar a sus padres adelante

Cristian Gómez vuelve de la escuela caminando por las calles de tierra colorada del barrio 20 de Junio, en Comandante Andresito. Son cinco cuadras hasta su casa. Al llegar, se saca las zapatillas antes de entrar para no ensuciar el piso y saluda a sus padres con un beso y un abrazo.

 

La escena es sencilla. Sus padres toman mate y su hermana menor, de 11 años, está en la escuela. En un rincón de la vivienda, Cristian tiene armado un pequeño espacio donde repara teléfonos celulares. Es su emprendimiento y también una manera de empezar a construir, desde ahora, el futuro que imagina.

 

En las paredes hay recuerdos familiares y símbolos de Boca Juniors, pero hay algo que llama especialmente la atención: fotografías de su papá, Juan Carlos Gómez, junto a distintos camiones.

 

Ninguno fue suyo.

 

Durante años, Juan Carlos recorrió miles de kilómetros al volante de vehículos de terceros, transportando yerba y haciendo todo tipo de trabajos para sostener a su familia.

 

“¿Te gustaría tener tu propio camión?”, le preguntan.

 

“Sí, es el sueño de todo camionero”, responde.

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Cristian escucha las historias de su padre y sabe perfectamente lo que significaron esos años de sacrificio. Por eso, cuando habla de su propio futuro, no piensa solamente en él.

 

“Quiero que mi papá pueda descansar. Ya trabajó demasiado”, cuenta.

 

Su objetivo es estudiar, capacitarse en tecnología y hacer crecer su pequeño taller de reparación de celulares. Sabe que necesita una profesión o un oficio que le permita generar mejores ingresos. Y también sabe para qué quiere hacerlo.

 

“Yo veo el esfuerzo de mi papá y tengo ganas de sacarlo de ese lugar. Quiero tenerlo cerca mío, sentado, mientras yo trabajo y él descansa”, dice.

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Entre la escuela y la tarefa

 

En Andresito, estudiar no siempre es sencillo. Muchos adolescentes deben repartir su tiempo entre las aulas y el trabajo.

 

En el BOP 124, los docentes conocen esa realidad de cerca. Algunos alumnos faltan porque están trabajando en las chacras. Otros acompañan a sus familias durante las cosechas o pasan temporadas en Brasil junto a sus padres.

 

Fabiana Vázquez, directora de la institución, explica que el trabajo rural sigue siendo una competencia directa para la educación.

 

Los docentes saben que detrás de una ausencia muchas veces hay un adolescente que tuvo que salir a trabajar. Por eso buscan alternativas para que puedan recuperar las clases y continuar sus estudios.

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Cristian también conoce esa realidad.

 

Desde los 13 años acompaña a sus padres durante las vacaciones para ayudar en la cosecha de yerba. Dice que nadie se lo impuso. Lo hace porque quiere aliviar el esfuerzo de su familia.

 

Las jornadas comienzan temprano, cuando todavía es de noche.

 

Mate, abrigo, camión y chacra.

 

Su papá se ocupa principalmente del corte, mientras Cristian y su mamá colaboran con el resto de las tareas. El trabajo es pesado y las condiciones no siempre son fáciles.

 

Juan Carlos, además, arrastra un problema en uno de sus hombros debido a los trabajos que realizó durante su juventud.

 

“Me preocupa mucho mi familia y mi futuro. Ver todo lo que hacen por mí me hace sentir orgulloso de ellos”, cuenta Cristian.

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En su escuela, varios compañeros atraviesan situaciones similares. Algunos continúan estudiando mientras trabajan; otros directamente dejaron las aulas para dedicarse a conseguir ingresos.

 

Cristian eligió otro camino.

 

“Comprame lo más barato”

 

Sus profesores lo describen como un alumno responsable, participativo y siempre dispuesto a ayudar.

 

Su mamá también destaca una característica que, para ella, dice mucho de su hijo: no pide más de lo necesario.

 

“Comprame lo más baratito, mami”, suele decirle cuando necesita útiles escolares.

 

Para Cristian, una carpeta cara o una económica sirven para lo mismo: estudiar.

 

Esa mentalidad también aparece en su emprendimiento. Con herramientas y conocimientos que fue adquiriendo, armó un pequeño taller de reparación de celulares en un rincón de su casa.

 

Su intención es convertirlo en algo más grande.

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“Quiero hacer un curso de tecnología, mejorar el taller y, si puedo, tener un local afuera de casa”, explica.

 

También considera estudiar Educación Física, pero por ahora su prioridad es hacer crecer el emprendimiento.

 

Mientras tanto, continúa estudiando.

 

A fin de año tendrá un logro que en su familia será histórico: será el primero en completar la escuela secundaria.

 

Sus padres no pudieron hacerlo.

 

Una casa humilde y muchos sueños

 

La vivienda familiar es sencilla. Está construida con madera y tiene techo de chapa. Afuera, las paredes están pintadas de violeta. El baño todavía está inconcluso y los cuatro integrantes de la familia comparten un mismo ambiente para dormir.

 

Cristian no lo cuenta con vergüenza.

 

“Es una casa humilde y no me avergüenza”, dice.

 

Pero quiere mejorarla.

 

Y ahí aparece nuevamente su familia como protagonista de sus sueños.

 

Si pudiera pedir tres deseos, Cristian no elegiría un auto, un viaje ni dinero para él.

 

Quiere que su hermana pueda terminar la secundaria y estudiar Veterinaria.

 

Quiere que su papá deje de sufrir físicamente por el trabajo.

 

Y quiere que su mamá pueda tener finalmente un baño de material, con un inodoro, para dejar atrás la letrina que utilizan actualmente.

 

Después piensa en su propio futuro.

 

Quiere estudiar informática o tecnología, hacer crecer su negocio y algún día construir una casa mejor.

 

“Mi sueño es cumplir los sueños de ellos”, resume.

 

Una historia que empezó mucho antes

 

La historia de Cristian también es la historia de sus padres.

 

Juan Carlos apenas pudo completar la primaria. Desde chico tuvo que trabajar. A los 9 años ya hacía tareas para conseguir dinero y comprar sus útiles escolares.

 

Con el tiempo aprendió a manejar y encontró en los camiones una forma de ganarse la vida.

 

Nunca tuvo uno propio.

 

La situación de la producción yerbatera también golpeó su trabajo. Durante el verano llegó a pasar casi dos meses en Brasil buscando una oportunidad laboral. Después regresó a Andresito para hacer changas y esperar que se recuperara el movimiento del transporte.

 

Su esposa, Ana Marisa, tampoco tuvo la posibilidad de terminar la escuela.

 

Dejó los estudios cuando era muy chica para quedarse al cuidado de sus hermanos mientras su madre trabajaba. Con los años también terminó trabajando en la yerba y en tareas vinculadas a la leña.

 

Hoy prioriza que sus hijos tengan aquello que ella no pudo tener: educación.

 

Muchas veces posterga sus propias necesidades para comprarles a Cristian y a su hija los útiles, la ropa o el calzado que necesitan para ir a la escuela.

 

Por eso, para Cristian terminar la secundaria no es solamente un logro personal.

 

Es una forma de devolverles parte de todo lo que recibió.

 

El abanderado

 

Durante el recreo, Cristian juega al vóley con sus compañeros. Corre, salta, se ríe y aprovecha esos minutos antes de volver al aula.

 

Después llega el momento del acto.

 

Se coloca la banda con los colores argentinos y toma el mástil de la bandera.

 

Es el abanderado.

 

Para un chico que creció viendo a sus padres trabajar desde antes del amanecer, que conoce el esfuerzo de la cosecha y que construyó un pequeño taller con sus propias manos, llevar la bandera representa mucho más que una distinción escolar.

 

Es también una señal de que eligió estudiar.

 

Su papá lo mira con orgullo.

 

“Yo quiero que él estudie, que pueda recibirse, tener su empresa o conseguir un buen trabajo. Si algún día puede ayudarnos a mejorar la casa, será una alegría. Pero primero quiero que él esté bien”, sostiene Juan Carlos.

 

Cristian, mientras tanto, sigue pensando en el futuro.

 

No sueña solamente con crecer él.

 

Sueña con que algún día sus padres puedan sentarse, descansar y verlo trabajar a él.

 

Después de tantos años de sacrificio, ese sería —para Cristian— el verdadero premio.

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