Resulta llamativo que, ante una simple declaración de una concejal sugiriendo que “sería lindo” que no esté prohibida la venta de pirotecnia, se desate de inmediato una ola de repudios públicos, comunicados y posicionamientos encendidos. La reacción es rápida, visible y contundente.
Sin embargo, esa misma vehemencia desaparece cuando el ruido es real, cotidiano y permanente. Durante todo el año, los escapes libres rompen la tranquilidad de los barrios sin que haya pronunciamientos, controles ni sanciones. El daño es el mismo —o incluso mayor— para niños con TEA, animales, adultos mayores y personas enfermas, pero el silencio parece ser la respuesta habitual.
La contradicción es evidente. Se condenan palabras, pero se toleran hechos. Se repudia una opinión, pero se naturaliza una práctica ilegal que afecta a toda la comunidad. ¿Por qué hay indignación selectiva? ¿Por qué algunas problemáticas generan reacción inmediata y otras, que ocurren a la vista de todos, no merecen ni un operativo?
Las normas están para cumplirse de manera pareja. La defensa de la convivencia y de la salud pública no puede ser oportunista ni depender del contexto político. Si el compromiso es genuino, debe ser constante y no activarse solo cuando conviene o cuando el costo es menor.
La sociedad necesita coherencia. Menos discursos y más acciones. Menos repudios mediáticos y más controles reales. Porque el ruido que más daña no siempre es el que se dice, sino el que se permite todos los días.
Aclaramos desde este medio no estamos a favor de ninguno tanto como pirotecniania y escape libre