EL SOBERBIO, Misiones. — “Vénganme a buscar. No quiero estar más acá”. Con apenas 12 años, Daniela Gatti pronunció esas palabras durante su primer día en una escuela secundaria albergue. Estaba lejos de su familia, de su casa y de la vida que conocía desde chica en la chacra.

Era marzo de 2020 y Daniela comenzaba una nueva etapa en el Instituto de Enseñanza Agropecuaria N.º 9, en el paraje El Progreso, en Colonia Aurora. La decisión familiar tenía un objetivo claro: que pudiera continuar sus estudios secundarios pese a que la distancia hacía imposible viajar diariamente.
Hasta ese momento, su vida transcurría entre la chacra de Kilómetro 6, Paraje Naranjera, la escuela primaria 655 y el trabajo cotidiano de una familia rural. Para llegar a la primaria debía recorrer varios kilómetros. Por las tardes, el tiempo se repartía entre juegos, tareas de campo y la vida familiar.
La secundaria más cercana, una Escuela de la Familia Agrícola, ya no tenía lugar disponible. La alternativa fue viajar a Colonia Aurora y permanecer durante la semana en el albergue.


El cambio fue brusco.
Durante los primeros días, Daniela extrañó a sus padres y tuvo dificultades para adaptarse. Las instalaciones del albergue eran antiguas y parte de las actividades implicaban caminar entre el establecimiento y el lugar donde dormían.
Sus padres le pidieron que resistiera al menos hasta el viernes antes de tomar una decisión.
Y se quedó.
Con el paso de los días comenzó a hacer amistades, a acostumbrarse a la rutina y a entender que aquella distancia era el precio que debía pagar para continuar estudiando.
Una realidad que atraviesa a cientos de familias
La historia de Daniela refleja una problemática que afecta a numerosos estudiantes de las zonas rurales de Misiones: las distancias, la falta de establecimientos cercanos, las condiciones económicas y las características propias del trabajo rural pueden convertirse en obstáculos para sostener la escolaridad.
En el caso de Daniela, comenzó la secundaria junto a unos 40 estudiantes. Al finalizar, solamente seis lograron completar el recorrido.
El dato expone una realidad más amplia: llegar a la escuela no siempre significa poder permanecer en ella.
En las zonas rurales de la provincia existen establecimientos con diferentes modalidades para intentar garantizar la continuidad educativa. Entre ellas se encuentran las escuelas con aulas plurigrado, extensiones áulicas y las Secundarias Rurales Mediadas por TIC, destinadas especialmente a comunidades y parajes alejados.
El desafío es que la distancia geográfica no termine transformándose en una barrera definitiva para estudiar.
“Dani aguantó”
Para Marina y Héctor Gatti, padres de Daniela, aquel primer día quedó grabado para siempre.
Marina recuerda la llamada de su hija y el pedido desesperado para regresar a casa. Como madre, sabía que la separación iba a ser difícil, pero también entendía que la alternativa era abandonar una oportunidad educativa que no estaba disponible cerca de su hogar.
Héctor, por su parte, conoce de primera mano las dificultades de estudiar lejos.


Él mismo dejó la secundaria después de apenas dos meses porque no logró adaptarse a la modalidad de albergue.
Con sus hijos, la historia fue diferente.
“Yo pensé que ellos tampoco se iban a poder quedar allá, pero fue diferente. Se quedaron y a mí me pone orgulloso eso. Dani aguantó”, recuerda.
La familia reconoce que la educación implicó un esfuerzo económico y emocional. Los gastos de transporte, ropa, útiles y otros elementos necesarios para estudiar pesan especialmente en hogares donde el ingreso depende de una actividad rural estacional.
Una beca que ayudó a sostener el camino
En ese recorrido apareció también el acompañamiento de la organización Conciencia, a través del Programa Porvenir.
Daniela recibió una beca durante cuatro de los seis años de su trayectoria secundaria. El apoyo permitió aliviar parte de los gastos familiares y contribuir a que pudiera permanecer en la escuela.
Según explicó la organización, durante 2026 más de 200 estudiantes de distintas localidades misioneras recibieron este tipo de acompañamiento.
En el caso de la familia Gatti, la ayuda tuvo un impacto concreto. Con dos hijos estudiando, cada gasto representa un esfuerzo adicional para una familia cuyos ingresos provienen del trabajo en la chacra y de la producción de tabaco.
La beca permitió afrontar necesidades básicas vinculadas con la escolaridad, como indumentaria, calzado y útiles.
Pero detrás del apoyo económico también aparece otra cuestión: la decisión de muchas familias rurales de apostar por una educación que permita a sus hijos construir un futuro diferente.
Daniela terminó la secundaria y eligió quedarse cerca
Hoy Daniela tiene 18 años. Ya terminó la secundaria con el título de Técnica en Producción Agropecuaria y actualmente vive en El Soberbio, donde estudia el Profesorado de Inglés.
Antes de elegir la carrera evaluó otras alternativas vinculadas al ámbito agropecuario, como Veterinaria o el Profesorado de Ciencias Agrarias. El problema volvió a ser el mismo que había enfrentado años atrás: la distancia.
No quería alejarse nuevamente de su familia.
Finalmente encontró una alternativa en El Soberbio y comenzó el profesorado.
Ahora vive sola y debe ocuparse de cocinar, limpiar y organizar su día mientras continúa estudiando.
El cambio tampoco fue sencillo. Dormir sola y acostumbrarse a los ruidos y al movimiento del pueblo fueron algunas de las dificultades iniciales.
Pero ya había aprendido algo años atrás: adaptarse también forma parte del camino.
“No quiero que sufran lo que sufro yo”
Para Héctor, que desde niño trabajó en la chacra y dejó la secundaria siendo adolescente, el futuro de sus hijos representa una oportunidad que él no tuvo.


“No me gusta que ellos sufran lo que sufro yo. Para ellos el estudio es lo importante”, sostiene.
Daniela también reconoce el esfuerzo de sus padres. Sabe que detrás de cada año de estudio hubo trabajo, sacrificio y decisiones económicas difíciles.
Mientras su padre continúa trabajando con el tabaco y su madre recuerda una infancia en la que también debió dejar la escuela para ayudar en su casa, ambos eligieron otro camino para sus hijos.
La apuesta es que estudien.
Que tengan opciones.
Que puedan decidir dónde y de qué vivir.
La historia de Daniela no termina con el título secundario. Ahora enfrenta otro desafío: convertirse en profesional sin alejarse de la tierra donde nació.
Desde una chacra de Misiones hasta un aula del profesorado, su recorrido muestra que detrás de cada estudiante rural hay una familia que muchas veces debe hacer enormes esfuerzos para que algo tan básico como estudiar no quede condicionado por la distancia.
Cómo colaborar:
Las personas que quieran ayudar a Daniela a comprar una impresora y a becar a otros adolescentes de las zonas rurales para que puedan seguir la secundaria, pueden hacerlo donando al alias CONCIENCIADONACION o comunicarse con Inés al +54 9 11 4027 4055 o por mail a donantes@conciencia.org